
Por Alejandro Arrieta
No solo de pan vive el hombre, dijo el maestro por excelencia, hace más de dos mil años; y su sabiduría puede ser perfectamente aplicada, no solo a los tiempos actuales, sino a diversos campos, entre ellos, al análisis del comportamiento humano.
Los que hemos tenido la fortuna de cursar estudios universitarios, sabemos que hemos sido formados, principalmente, bajo las bases positivistas y analíticas del pensamiento, hemos encumbrado a la ciencia -que es lógica- por encima de todo; la hemos vuelto casi, la verdad única, pese a que el método científico tiene escasos 250 años.
Los seres humanos anteriores a este periodo de 250 años también indagaban sobre muchas cuestiones, intentaban explicar la realidad y llegaban por medio del pensamiento lógico -Aristóteles, por ejemplo-, a establecer sus teorías. Pero había otros que explicaban las cosas a partir de la esencia del ser y de lo existente.
Pero el ser humano no es solo la parte racional, sino que, por el contrario, de hecho, la mayor parte es la sintiente, esa que está dispersa por todo su ser. Esta parte sintiente es la que, junto con su capacidad mental de índole emocional, le permite sentir emoción, alegría, felicidad, tristeza, coraje, ira, etc. Lo que más afecta al ser humano no le proviene del exterior, sino de sí mismo, de su «yo», de su capacidad sintiente, pese a ello, esta parte es dejada de lado o minimizada, puesto que se piensa, un ser humano pensante y maduro, es aquel que es racional, lógico.
Pero la realidad nos dice que las cosas no son así, es más, un alto grado de personas con estudios profesionales, incluso con posgrados y que son celebradas por la comunidad académica o científica, en la vida propia, son más bien, infelices. Tanta lógica, tanta razón, al parecer, no les ha servido para alcanzar el objetivo de la virtud, como decía Aristóteles: la felicidad.
El filósofo Yuval Noah Harari, en su libro «Homo Deus», señala que, de hecho, de acuerdo a estudios globales, en los países con menor educación e ingreso económico se hallan tasas de nivel de felicidad más alto que en los países desarrollados y en los que sus ciudadanos tienen mayor nivel educativo. No se dice que la falta de educación sea algo bueno, pues lo ideal es que las personas accedan a educación de calidad, sino que, lo que se trata de hacer notar es que la felicidad no necesariamente pasa por ser sujetos enteramente o mayormente racionales; sino que, la Felicidad proviene a partir de ser conscientes de que somos seres sintientes; de aceptar que podemos ser irracionales en pos de sentir y que ello nada tiene de malo, por el contrario, abona a nuestro bienestar.




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