
La maravillosa historia de los Buendía fue escrita por Gabriel García Márquez, cuando él y su esposa pasaban las de Caín en los rumbos de Mixcoac.
La historia de las premuras económicas del gran escritor colombiano merecen ser contadas, porque son por propio derecho, excelsas.
Cien años de Soledad es la obra maestra que mostró al mundo que la realidad, de tan trágica, podía ser mágica -aunque para ser precisos, ya desde Pedro Páramo, Juan Rulfo había inaugurado este género literario, sin proponérselo-. La soledad, la nostalgia y las injusticias, no se perciben en Latinoamérica como en otras latitudes. Acá, lejos de «andar tristeando», nos sabemos reír de la desgracia, retamos a la muerte, decidimos las cosas importantes en un albur.
He leído, sin mentir, unas seis veces Cien Años de Soledad y en cada una he descubierto nuevas cosas; la primera lectura que hice, cuando joven, fue un descubrimiento, las otras fueron centrándome en un personaje en particular. En todas las veces no faltó la magia del realismo: el desparpajo, la jocosidad, la música y los olores que parecían escaparse de la historia y adentrarse en las fosas nasales Como lector empedernido y amante de la literatura de nuestro subcontinente, esperaba que Netflix le hiciera un justo homenaje a Cien Años de Soledad; pero no, Netflix se quedó corto, le quedó grande la obra magistral del colombiano.
Es cierto, todo intento de llevar al cine, la televisión y ahora al «streaming» las historias de Gabriel García Márquez han sido intentos fallidos. Quizá se salvan, una versión para televisión de «La mala hora» y la película «El amor en los tiempos del cólera».
La versión de Netflix de Cien años de Soledad dejó desprovista a la historia de la alegría que el realismo mágico tiene como esencia. Las flores están muertas, los olores, ausentes; Pietro Crespi queda reducido y no se muestra su capacidad como «bon vivant» y perfecto bailarín, que logra seducir a las Buendía. La escena en la que José Arcadio Buendía lleva a sus hijos a conocer el hielo que Melquiades lleva a Macondo, lejos de transmitir asombro, se mira triste. Melquiades es reducido a un vagabundo embustero, lejos de aquel alquimista capaz de asombrar y persuadir a José Arcadio Buendía a cada tanto.
Para las nuevas generaciones, que no han leído la novela, el realismo mágico será lo que Netflix quiere contarles: historias cortas, sin correcta hilación una con la otra, tristes, grises y actuaciones pusilánimes.
No sabemos si algún día se hará justicia a las historias de Gabriel García Márquez o si nos será negada una correcta escenificación de cuando el coronel Aureliano Buendía al estar frente al pelotón de fuslimamiento, recordó cuando su padre lo llevó a conocel el hielo.




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